Los orígenes familiares de Carles Puigdemont

“Collons!”, exclamó Josep Puigdemont cuando se enteró de que su sobrino y ahijado iba a ser presidente de la Generalitat. Ningún pariente de Carles Puigdemont i Casamajó imaginaba que el chico melenudo que atendía los fines de semana la antigua pastelería familiar en Amer (Gerona) se subiría un día al puig de mont (cima de monte) para liderar la cuenta atrás hacia la independencia. Éste es un viaje a los orígenes del President: una historia de curas escondidos, desertores e iglesias quemadas en la cuna -católica, catalanista y con olor a chocolate- del hijo y nieto de pasteleros que hoy pretende cumplir el sueño de la secesión…

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© Unidad Editorial, S.A. Francisco Puigdemont, abuelo del ‘president’, fundó la pastelería que lleva el apellido familiar en 1928 en Amer, Girona. / EL MUNDO

Por Leyre Martín

El cuento empieza en noviembre de 1927 con su abuelo Francisco, el fundador de la Pastisseria Puigdemont. Francisco Puigdemont i Padrosa tenía 25 años cuando, en el empedrado pueblo de la Selva gerundense que aún huele a leña y suena a campanadas, se le presentó la oportunidad de su vida: comprar el material de la tienda en la que trabajaba y trasladarla al edificio de enfrente, el número 6 de la calle Sant Miquel, a un paso del ayuntamiento. En la planta baja ubicaría el negocio; en la de arriba formaría una familia con su mujer, María Oliveras i Galceran. Un año después Francisco montó un obrador y mandó rotular su apellido. Pronto la droguería, tienda de ultramarinos y también pastelería prosperó.

El lugar era idóneo. Desde finales del siglo XII y hasta mediados del XX, Amer era foco de peregrinación por su mercado de los miércoles y por sus cuatro ferias anuales (en Reyes, Cuaresma, San Isidro y San Martín). Los payeses iban a comprarles pucheros, platos, cuchillos, dulces… En su primer 6 de enero los Puigdemont ingresaron 165 pesetas.

“Vendíamos de todo menos zapatos, alpargatas y ropa”, cuenta Josep, hijo de Francisco y tío del president. “Emplastes para los bueyes y las vacas, resina negra y resina griega, parches Sor Virginia (cataplasmas para los dolores), hierbas, productos para curas medicinales… Teníamos más de 1.500 artículos en cajones con letreros y decenas de botes de hojalata”. También vendían chocolate, hacían mazapán, pastillas de turrón de yema… y dos especialidades de Francisco: los borrachos de ratafía (un licor de la zona a base de anís) y los caprichos de Amer que inventó él mismo y que aún vende su nieta Anna, hermana del presidente.

Así discurrieron los años 20 y 30 hasta que, como en toda España, la Guerra Civil azotó a la familia.

La fuga del pastelero

La primera de las dos veces que Josep vio llorar a su padre fue cuando quemaron la iglesia, la del monasterio de Santa María de Amer cuyos abades habían fundado el pueblo allá por 949. Su padre, un hombre “muy trabajador” que “no era político pero sí creyente”, lloró, derrotado sobre una silla, tras ver cómo desmontaban los altares y los quemaban en una hoguera en la Plaça de la Vila.

“La segunda vez fue cuando se marchó”.

Era enero de 1938 y Amer, territorio republicano. La casa de los Puigdemont, allí donde 24 años más tarde nacería Carles, había servido de refugio para tres enemigos de la República-dos curas, uno de ellos hermano de su mujer, y un militar jubilado de Madrid a quien el estallido de la guerra sorprendió de vacaciones en la Costa Brava-. A Francisco iban a llamarle a filas pero él se resistía. “Mi padre”, prosigue Josep, “no quería ir a la batalla del Ebro”. De modo que tomó una decisión. Cuando recibió el chivatazo de que el bando republicano le iba a llamar, el pastelero entregó a su esposa dos cartas ficticias supuestamente escritas desde el frente, contactó con la Blanca del Carbonell, “una heroína de Olot que pasaba a curas, monjas y católicos” gracias a su conocimiento de las rutas de pastores y payeses, y se fugó.

En su deserción, Francisco cruzó por los Pirineos a Francia. Pero allí la policía lo detuvo y le ofreció un pasaporte y dos opciones: “O volvía a Cataluña o a la zona nacional”. Optó por Irún, que ya había sido conquistada por los sublevados del general Franco. De allí viajaría a Pamplona, donde, con la ayuda de su cuñado el cura, pasó a Ubrique (Cádiz). Entonces un amigo que controlaba los puestos en las cárceles de presos republicanos lo “colocó” en el penal de Burgos. Allí el pastelero se encargó del suministro de la comida a los presos “rojos”. Francisco Puigdemont salía de la cárcel, compraba los alimentos y los llevaba a la cocina. Estaba contento, cobraba “un buen sueldo”, cuenta su hijo. Tanto que, cuando acabó la guerra, llamó a su mujer: ¿por qué no se iban con él? “Casi somos de Burgos”, ironiza Josep…

Dos uniformes de la falange

Pero María dijo que no. El negocio iba bien y en su ausencia la familia -ella, de 36 años, y los pequeños Xavier (12 años), Josep (11) y Anna (cinco)- no había sufrido represalias. Así que en 1940 el pastelero volvió a su pastelería. La imagen de su regreso que evoca Josep son “los dos uniformes negros de la Falange, con sus correas y cinturones”, que el padre regaló a los dos hermanos. “Era obligatorio afiliarse. Yo tocaba la trompeta en sus desfiles…”.

En la familia “catalanista y católica” hubo más historias. Como la del carpintero que construyó el mostrador, el bisabuelo de Carles, José Oliveras. Un hombre de misa diaria, alcalde de Amer en 1910 y 1911, que fue distinguido como Caballero de España tras ser apresado por el Frente Popular.

O la de su hijo mayor, que, tras ocultarse con otros desertores en una cueva, también cruzó a Francia, donde los ametrallaron. La prensa lo dio por muerto. Pero no: una noche, al cabo de un par de meses, tocó a la puerta de casa. Había salvado la vida al tirarse rodando por una ladera. Ya en su tierra cumplió: se fue a la batalla del Ebro con los republicanos. “Pero en el momento propicio”, cuenta Josep, “se pasó a los nacionales”.

O la del primo de Francisco, jefe de Falange de Amer, cuyo estanco acabó en manos del pastelero…

La guerra pasó, la dictadura se asentó y Francisco y María siguieron al frente de la pastelería hasta que su primogénito, Xavier Puigdemont, con estudios de repostería, tomó las riendas. Con él al mando continuó la saga. Xavier se casó con la administrativa Núria Casamajó y tuvo ocho hijos. El segundo fue Carles: nació en esa misma casa con la ayuda de una comadrona el 29 de diciembre de 1962.

En aquel hogar donde se leía el carlista y católico El Correo catalán se crió el President. Hoy le recuerdan un discurso suyo de 2013, cuando, recuperando una cita del periodista Carles Rahola antes de ser fusilado, decía que “los invasores [franquistas] serán expulsados de Cataluña”. Como si entre esos invasores no hubiera habido catalanes… Como si no los hubiera habido en Amer, que brindó a Barcelona un alcalde franquista, José María de Porcioles.

Pero antes que de política, el Puigdi (así le llaman) se rodeó de los ‘capricis’ de su abuelo, los chocolates, los lápices, los cuadernos, el tabaco. De pequeño quería ser astronauta; quizá también músico, porque fue bajista en una banda. Como alumno era “eficaz” y un apasionado de la Historia, dice su amigo Salvador Clarà, hoy segundo teniente de alcalde de Amer. Empezó la enseñanza básica en el pueblo y continuó interno en El Collell, dependiente del obispado, donde le pilló la muerte de Franco. El hoy President ya era antifranquista con 12 años, a tenor de lo que relató hace un tiempo: en cuanto cayó en sus manos, Carles se colocó en su bata el lema Queremos el Estatut. Uno de los curas del colegio le interpeló:

-Pero si tú no sabes lo que es el Estatuto.

-Por supuesto que lo sé -respondió él-, y si quiere se lo cuento…

carles-puigdemont

Con 17 años acudió por primera vez a un mitin de Jordi Pujol. Le llevó su tío y padrino Josep, primer alcalde democrático de Amer y afiliado a CDC. Poco después pediría el carné del partido y contribuiría a fundar la Joventut Nacionalista de Catalunya.

Para entonces ya había descubierto que hornear pasteles y vender pan no era su vocación. Ayudaba los fines de semana detrás del mostrador -también en la pastelería que algunos veranos regentó la familia en Estartit-, pero aquello no era la suyo. Lo que le gustaba era el periodismo. (“El periodismo era un factor de democratización y de concienciación nacional”, reconocería de adulto). Empezó a hacer sus pinitos como cronista adolescente de Amer para Los Sitios, antecesor del Diari de Girona. Después saltaría a El Punt Diari. Nunca se matriculó en Periodismo; prefirió especializarse en su lengua materna. (“Es el vínculo que me lleva al catalanismo, al nacionalismo, al independentismo, y da sentido a mi acción política y profesional”, diría más adelante). Pero tampoco acabó Filología Catalana. Sus razones: el poco tiempo que le dejaba su trabajo en el periódico y los meses de baja que le acarreó un accidente que sufrió volviendo del trabajo a bordo de su Seat Panda en 1983. Fue entonces cuando, cansado de los 26 kilómetros que separan Amer de Gerona, dijo adiós a su cuna y se estableció en la ciudad.

Ya consolidado en El Punt, se concedió un año sabático para viajar por las denominadas naciones sin Estado, que culminó con el libro Cata… què? Después llegaría su flechazo con Marcela Topor, una joven rumana de origen humilde a la que conoció en el Festival Internacional de Teatro Amateur de Gerona que él contribuyó a organizar. Luego, la fundación de la Agència Catalana de Notícies; su boda en Rosas por lo civil y en Rumanía por el rito ortodoxo en el año 2000; el lanzamiento de la publicación catalanista para extranjeros Catalonia today, con Marcela (la Mars) como estrella de su versión televisiva; y sus dos hijas, Magalí y María. La imprevista alcaldía de Gerona en 2007, la presidencia de la Asociación de Municipios por la Independencia… y su aún más insospechado salto a la Generalitat.

Dice su amigo Salvador que Carles es “un visionario”. Cuando todos los jóvenes de la Transición decían: “Después de Convergència, Esquerra”, él replicaba: “Después de Convergència, independencia”.

“Es independentista desde que tiene uso de razón”, confirma Josep orgulloso. Sabe que a su sobrino le caerán muchos golpes, pero subraya que él tiene “temperamento”. “Es un chico muy suyo que siempre ha sido muy independiente. Y lo está haciendo bien. Además, tiene un sentimiento social bastante acusado y hará políticas que otros han dicho y no han hecho, a favor de las clases sociales más desfavorecidas”. “Paralelamente el proceso seguirá”, aclara el anciano padrino.

En Amer se precian de que el Puigdi siga los pasos de otros tres vecinos que dirigieron el germen de la Generalitat, la llamada Diputación del General, en los siglos XVI y XVII. Fueron tres abades del monasterio, el mismo en el que un sacerdote ortodoxo bautizó a la hija mayor del president número 130 metiéndola en el agua. Los tiempos cambian. O quizá todo se repita.

 

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