La historia de’El Molino’puesta en escena

Desde 1908 hasta la actualidad, El Molino ha vivido infinidad de anécdotas y cambios que han enriquecido su historia, desde sus orígenes cuando los artistas trabajaban a cambio de pan, vino y una litera justo detrás del escenario, pasando por la época del estraperlo en las zonas de butacas más discretas, y siendo escenario de películas como «El Último Cuplé» con Sara Montiel. La vida de su sala ha estado marcada por los cambios políticos y de costumbres de este país, alternando espectáculos de variedades con zarzuelas cortas, flamenco, cine, ofreciendo copas, cenas, servicio gratuito de coches, y versionando «a la española» los espectáculos nocturnos de los cabarets de París…

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La historia de El Molino empieza en 1898, cuando el propietario de la tasca La Pajarera, un modesto barracón situado en la calle Vila Vilà esquina Rosal, harto de marineros borrachos y de albañiles escandalosos, vende su negocio por 100 pesetas. El nuevo propietario, un andaluz llegado a Barcelona para hacer fortuna, le cambia el nombre por el de La Pajarera Catalana y monta un pequeño tablado. Al cabo de tres años ya ofrece una programación musical estable, restaurante a la carta e incluso un servicio gratuito de coches para facilitar el trayecto desde las Ramblas al local. En 1901 La Pajarera Catalana había encontrado su sitio en el mundo del espectáculo del Paral•lel.

Después de un breve coqueteo con el cine bajo el nombre de Gran Salón Siglo XX, en 1908 se produce un nuevo cambio de dueño y se rebautiza como Petit Palais. El nuevo negocio se diseña para traer los espectáculos nocturnos de los cabarets de París versionándolos “a la española”. Son los años del music hall, que se adueña del Petit Palais y del Paral•lel, cuya fama como avenida que aglutina el mayor número de espectáculos en Europa crece.

En 1910 se derroca la construcción original hecha de madera y se lleva a cabo una importante reforma a cargo del arquitecto modernista barcelonés Manuel Joaquim Raspall (1877-1937), que dota al interior del local de una configuración que llega hasta hoy. El reformado teatro pasa a llamarse Petit Moulin Rouge, a imitación del famoso Moulin Rouge parisino. Tres años más tarde, con el agente artístico Antoni Alstell como propietario, el nombre se acorta a Moulin Rouge.

Años después, coincidiendo con la Exposición Internacional de 1929, se encarga al arquitecto Josep Alemany i Juvé coloca en la fachada las emblemáticas aspas giratorias, en 1926, el Moulin Rouge se convierte en todo un icono del Paral•lel.

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El Molino de la censura

En los años cuarenta, El Molino se posiciona en el Paralelo como un teatro único que ofrece una lección constante de libertad, de sublimación de lo popular, de grandeza de barrio y de erotismo sano. Por su escenario desfilarán artistas legendarios como Lander y Leanna, Mary Mistral, Mirko, Pipper, Johnson, Escamillo, Christa Leem, La Maña y Merche Mar, entre otros. Son los años del music hall, que se adueña del Paralelo, cuya fama como avenida con mayor número de espectáculos en Europa no para de crecer. El Molino gana, en 1976, la primera edición del premio FAD Sebastià Gasch de artes parateatrales, que distingue las miradas diferentes e innovadoras del mundo del espectáculo.

Fue temporalmente sede del partido de Miguel Primo de Rivera, y durante la guerra civil gestionada por la CNT igualó los salarios de todo el personal, fuera un camarero o una vedette. En la época franquista se obligó a castellanizar su nombre y a retirar la palabra «rojo». La victoria del ejército rebelde en la Guerra Civil Española conlleva la prohibición de los nombres “afrancesados” y de todos aquellos calificativos que hagan referencia al comunismo, lo que obliga a cambiar una vez más el nombre por el definitivo El Molino. El matrimonio formado por Francisco Serrano, dueño del histórico teatro El Bataclán, y Vicenta Fernández compra el local y, poco a poco, le devuelve el aire de café concierto que había perdido en la anterior etapa. Serrano consiguió atraer a un público más exquisito y refinado, que pagaba mejor las copas de alterne y se podía permitir cava. Y a la vez promueve el estraperlo, sobre todo de penicilina, en las zonas de butacas más discretas.

Entre los años ’50 y ’70, desfilaban por su cartelera los mejores artistas del momento, como el cómico El Gran Jhonson, artista nacido en Buenos Aires que se reía a carcajada limpia de su propia tendencia homosexual. Y se burlaba inocentemente de la vida con cuentos picantes llenos de imaginación y frescura. Jhonson era el rey del Paralelo. Como reina lo fue antes La Bella Dorita. Porque el Broadway barcelonés no era solamente conocido por el número de sus teatros -entre ellos el Apolo- o la variedad de sus espectáculos, sino por haber sido igualmente el espacio más trasgresor de la España tardo-franquista. Las aspas iluminadas de aquel viejo edificio advertían de que se trataba de un lugar diferente. Con actores y con público también diferentes. Con el peculiar y excentrico Ocaña, entre plumas y colores bombón de licor. Con Escamillo, alma mariquita del Paralelo.Grandes cómicos del cabaret barcelonés.

Corrían los años sesenta que tras una fallida económica con embargo incluido, el local quedó en manos de la viuda del propietario, la inteligente empresaria, ‘Doña Fernandita’, que lleva con mano dura las cuentas y ajusta, poco a poco, la economía del local, por lo menos durante un tiempo, hasta que las salas de fiesta de este tipo caen en decadencia y van cerrando todas de forma definitiva a finales de los noventa.

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El nuevo Molino

En 1997 la vedette Merche Mar actuó en el último espectáculo, antes del cierre del local. Trece años después la empresa Ociopuro SL lo compra para restaurarlo y adaptarlo al nuevo siglo que, siendo supervisado por la empresaria Elvira Vázquez, en el 2010 El Molino vuelvió a subir el telón, devolviendo el mítico local a Barcelona y a los barceloneses, no sin los altibajos económicos que supone mantener el local en un escenario de actualidad.

Y en la actualidad, El Molino tiene en su fachada leds que se iluminan por la noche, ofreciendo un espectáculo visual único. En su interior se haya un bar llamado Golden Bar con vistas al Paralelo, una sala de ensayo, dónde también se realizarán talleres, y la sala principal que conserva su aforo de 250 personas para mantener la proximidad entre artistas y público, tan característica del teatro.

El escenario de El Molino es un mundo propio, con normas propias, ha visto pasar numerosos artistas que se saltaron la censura y la política, la guerra y el hambre, ofreciendo a la España de todas las épocas una lección constante de libertad, de sublimación de lo popular, de erotismo sano sin hipocresía..

Fotos: l’ANC Fuentes diversas

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