El alcalde Porcioles y la Operación Cataluña

Como alcalde de Barcelona (1957-1973), Porcioles encarnó el retrato robot del colaborador catalán ideal de Franco: pieza clave de la Operación Cataluña para limpiar la imagen del franquismo en el país, fue criticado por la construcción de la gran Barcelona urbanística, moderna a la vez que caótica, y también alabado por acciones como la creación del Museu Picasso o el retorno de la histórica compilación del Código Civil catalán…

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Por Genís Sinca

Josep Maria de Porcioles i Colomer (Amer, 1904 – Vilassar de Dalt, 1993) se ha convertido con el tiempo en una de las figuras más paradójicas y difíciles de interpretar del panorama político catalán, sobre todo por la contradicción enorme de su labor.

Por un lado participó activamente en la dictadura del general Franco, con actuaciones controvertidas como, entre otras, la construcción de barriadas periféricas en las que se amontonaba la población inmigrada del sur de España, a menudo verdaderos rincones suburbanos –Ciutat Diagonal, la Pau, el Turó de la Peira, Sant Roc de Badalona, la Mina de Sant Adrià, Bellvitge de L’Hospitalet, etc.–, o la destrucción parcial de la arquitectura modernista de Barcelona, fomentando bloques de pisos de estilo populista y los famosos remontes y sobreáticos, con un énfasis especial en el barrio del Eixample.

Sin embargo, por otro lado, Porcioles desarrolló la necesidad personal de ejecutar numerosas realizaciones que, viendo lo que significó el franquismo en Cataluña, merecen ser calificadas de positivas. Por primera vez tras la victoria franquista de 1939, Porcioles da apoyo a manifestaciones del folclore y la cultura popular catalana, como los bailes de sardanas (prohibidas por Franco) o la fiesta de los Tres Tombs. En el mismo sentido, también dio muchas facilidades para la creación del Museu Picasso y la Fundació Miró. Se mire como se mire, se trataba de una actuación sorprendente, en cierto modo compensatoria en la personalidad del jurista, muy de la época: una ambigüedad sui generis, también muy porciolesca, entre lo positivo y lo negativo, que culminó en 1960 con la aprobación histórica por parte de las Cortes españolas, y gracias a las negociaciones del propio alcalde, de la llamada Compilación del derecho civil especial de Cataluña, un logro mayoritariamente desconocido por el gran público pero de una importancia simbólica y jurídica capital para el país.

Esta Compilación se insería en el histórico Código Civil de Cataluña y le devolvía su antigua solidez; una obra colectiva, consensuada por el Parlamento de Cataluña, que daba plena legitimidad a un derecho catalán propio. Para entenderlo, la recuperación de la Compilación, casi única y pionera a escala europea, devolvía la legitimidad a la serie de normas civiles modernas que habían sido suprimidas con la invasión borbónica de 1714. En resumen, en su raíz básica, simbolizaba el retorno de la libertad civil de las personas. La Compilación culminaba un largo proceso histórico, fruto de la Renaixença cultural y del catalanismo político y, por contradictorio que pueda parecer, salía del catalanismo estrecho, moderadísimo, de un hombre cercano a la dictadura, como si los orígenes y la moralidad fuesen más potentes que la alineación política del personaje.

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Porcioles también planteó el ambicioso Plan Barcelona 2000 y una exposición universal para Barcelona en 1982, que no llegó a realizarse, pero que dio la primera idea para unos Juegos Olímpicos. Todo ello, mientras los polígonos crecían de manera distorsionada, caótica y vertical, como si el alcalde que patrocinaba, construía y hacía estallar la especulación y los negocios privados en aquella Barcelona de los años sesenta, arruinada por la posguerra, fuese atacado por una especie de esquizofrenia que tenían que sufrir igualmente otros numerosos personajes del régimen, como Joan Antoni Samaranch. El antiguo delegado nacional de Educación Física y Deportes de Franco se empeñó en conseguir los Juegos de Barcelona 92, en una ambiciosa campaña personal de lavado de imagen ante la historia y ante sus paisanos, seguramente por haber alzado la mano con firmeza durante la dictadura. El caso de Porcioles es similar.

Cuando en 1957 el dictador le escogió como alcalde de Barcelona, por designación directa, sabía muy bien lo que se hacía. El fiel director general de los Registros y del Notariado del Ministerio de Justicia, así como experimentado notario de Barcelona y procurador en Cortes, era el personaje ideal para ocupar el cargo. Porcioles sería alcalde durante cuatro mandatos consecutivos; dieciséis años seguidos. Pero su elección se había producido a tenor del cambio de rumbo urgente que Franco había tenido que poner en marcha a finales de los cincuenta, que tiene como ejemplo significativo el retorno de la Compilación catalana.

Según el notario de Barcelona Lluís Jou, dicho cambio de dirección del régimen, “más allá de la capacidad de convicción del alcalde de Barcelona, forma parte de la estrategia del cambio económico iniciada dos años antes y de lo que después se ha conocido como Operación Cataluña, un intento del franquismo de encontrar más simpatías en nuestro país, de romper el recelo por la nueva política económica y de ganarse en el extranjero una cierta credibilidad aperturista que solo tenía posibilidad de éxito si se hacía desde Cataluña”. Jou también afirma que “es una estrategia que Porcioles promovía, también con la idea de que una mayor colaboración permitiría arrancar más concesiones” del dictador. En cualquier caso, la Compilación recuperada, paradójicamente, dio alas al régimen, y de este modo Porcioles fue clave para la apertura del franquismo hacia nuevos esquemas políticos y económicos; la gestión posibilista de su gran Barcelona, con la serie de ambigüedades inconexas que la caracterizaron, se volvió imprescindible para que el Estado español pudiera ingresar en las instituciones económicas internacionales.

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Porcioles, como catalán integrado en el franquismo, encarnaba una gran paradoja. Ya cuando había sido presidente de la Diputación de Lleida (1940-43), por ejemplo, había logrado la devolución a la ciudad de la catedral, convertida en cuartel del ejército por Felipe V, y allí fundó el Instituto de Estudios Ilerdenses, centro crucial de promoción cultural en las tierras de Poniente. Como alcalde de Barcelona, se le reconocen los méritos de haber promovido una ley especial para la ciudad, la Carta de Barcelona, que le permitía actuar de manera muy presidencialista, prescindiendo de las estructuras del régimen; de haber ideado y llevado a cabo el sistema de abastecimiento de aguas procedentes del Ter; de haber conseguido también la devolución a la ciudad de la montaña y del castillo de Montjuïc, y de haber fomentado la realización de todo tipo de ferias y congresos, así como las primeras inversiones en el metro después de la Guerra Civil.

Porcioles era un hombre de misa, de creencias profundas, juicioso; tenía un aire aristocrático, señorial, y como se encallaba con algunas palabras (era tartamudo), resultaba aún más entrañable, comedido, distante. Pero lo más importante es que era notario. Un hombre de fiar, que había seguido la carrera de su padre y de su abuelo. Había ganado oposiciones para ser notario en Balaguer en 1932 y también había sido dirigente local de la Lliga. Cuando estalló la Guerra Civil, después de meses de detención en la cárcel Model, huyó a Francia. Al volver asumió el destino natural de tanta gente liberal de derechas: se adaptó al régimen franquista, hasta el punto de asumir sus tics más criticables y negativos. Bajo el lema de que “el mejor camino es ir de la revolución a la concordia”, como alcalde de Barcelona se le ha criticado con dureza que fomentase en exceso la circulación y el tráfico viario dentro de la ciudad, con proyectos como la Ronda del Mig, la avenida Meridiana, los túneles de Vallvidrera o la red de aparcamientos por concesión.

En el caso de los túneles de Vallvidrera, se le hace responsable de dejar inacabado el proyecto, porque colapsan la entrada en Barcelona desde la Via Augusta. Según el proyecto inicial, la famosa obra tenía que conectar con otra gran vía que cruzaría la ciudad hasta la calle Numància y hasta Montjuïc, objetivo que habría agilizado enormemente el tráfico en horas punta, pero que evidentemente no se acabó de llevar a cabo. Otros lo han acusado de eliminar los tranvías y de haber municipalizado excesivamente el transporte público con la implantación del autobús urbano, porque la medida tampoco logró desatascar de coches la ciudad. Sea como fuere, y pese a las críticas, que a veces han sido realmente duras, lo que nadie puede discutir es, indudablemente, el carácter de ciudad moderna que Porcioles dio a Barcelona, en la línea de las primeras grandes urbes del mundo y, con todos sus pros y contras, también una de las más visitadas y admiradas.

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