La Paloma quiere retomar el vuelo

La Paloma ha sido una de las salas de fiestas más emblemáticas de la Barcelona del siglo pasado, situada en la calle del Tigre 27, una travesía de la Ronda de San Antonio en el distrito del Raval, fue inaugurada en 1903 y desde sus comienzos consiguió que fuera aceptada por dos tipos de público muy diferentes..

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Esta historia  empieza con una empresa de fundición, ‘Fundición Comas’ que se fundó en el año 1853 y cuya actividad era la fabricación de máquinas diversas, moldes y fundición de metales, responsable de toda la decoración en bronce del famoso monumento a Colón, cuya construcción comenzó en 1883 e inaugurado en 1888 para la Exposición Universal. El edificio de construcción modernista era apropiado para su cometido fabril dado que al ser totalmente diáfano en su interior, favorecía la instalación de máquinas y la adecuación de espacios para el almacenaje de materias primas y utillaje.

La propiedad era de tres accionistas y entró en una recesión de pedidos por lo que decidieron abandonar el negocio de la fundición y aprovechar la gran dimensión del local para montar una sala de baile, a la que llamaron “La Camelia Blanca”, abierta al público como sala de fiestas a finales del siglo XIX.  Los propietarios siendo poco conocedores de este tipo de negocios y agregadas las deudas de su anterior negocio determinaron su venta a Jaume Dora, quien convirtió el local en una lujosa sala de baile que durante más de cien años ha estado desde la cúspide de la bohemia barcelonesa, hasta verse obligada a cerrar por orden del Ayuntamiento debido a una falta seria de insonorización el local. El Ayuntamiento ejecutó la orden de cierre la Nochevieja del 2006.

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La Paloma

Jaume Dora, junto a su hijo Ramón, encargó a Ramón Mestres, un artesano que en aquellos tiempos estaba en auge en la decoración tipo versallesco, los trabajos de realizar los relieves de la sala. Las pinturas corrieron a cargo de los pintores del Gran Teatro del Liceo, Salvador Alarma y Miguel Moragas quienes dieron por terminado el trabajo el año 1915. En 1928 se instaló la espectacular lámpara que ilumina el centro de la sala de baile y que daba por finalizado el final de la remodelación del local al que se le bautizó como “La Paloma”, tomando el nombre de uno de los tres perros del vigilante de la antigua fundición –Tigre, León y Paloma– que son, además, las tres calles que la delimitan.

La sala ‘La Paloma’ siempre tuvo público muy diverso, incluso recibió la visita de personajes célebres y bohemios, se comenta que Salvador Dalí se sentaba en uno de sus palcos y se pasaba las horas realizando bosquejos de los bailadores de la sala, también se comenta que Pablo Picasso conoció en el lugar a su novia Rosita del Oro.

Al estallar la Guerra Civil, La Paloma fue incautada y reconvertida en galería de tiro. Hasta la posguerra no fue devuelta nuevamente a Ramon Daura, que reabrió la sala de baile e inventó un personaje llamado La Moral para evitar que el régimen franquista tachara el recinto de centro de vicios. La Moral era un hombre encargado de pasearse por la pista de baile con un bastón en la mano cuya misión era separar las parejas que se pegaban más de lo consentido mientras bailaban. Hipocresía puritana al poder que se prolongó hasta la década de 1950.

Retomando el vuelo

Era la primera vez que Mercè March, aquella chica de Sarrià, iba al que entonces era el Barrio Chino. En la facultad de Derecho se había enamorado de Pau Solé, con el que se casó. El novio acabaría heredando La Paloma de su tío abuelo, Ramon Daura. El tío Ramón era el propietario de otro histórico baile de Gracia, ya desaparecido, La Cibeles, en cuyo solar se alza hoy un bloque de pisos y equipamientos municipales.

Mercè March,  gerente y madre del actual propietario, asegura que en este momento La Paloma se encuentra cerca de la salida de un largo y oscuro túnel que les ha llevado a “un desgaste económico y psicológico brutal”. En todo este tiempo, la propiedad del inmueble ha acondicionado el local y ha mantenido como los chorros del oro los relieves dorados, las guirnaldas, las mesitas de hierro forjado y mármol, las sillas forradas de terciopelo rojo, los palcos del primer piso, las ninfas y demonios, las pinturas, los tapices, los policromados y la espectacular lámpara del salón.

La alcaldía concedió la licencia de reapertura como sala de fiestas con espectáculo en mayo del 2016, pero faltaban unas obras menores en siete pequeños locales que han venido realizándose en los último meses, preparando la sala para su apertura.

La gerente cuenta que jamás han recibido subvención alguna y que ella y su hijo han tenido que afrontar en solitario todos los gastos de la reforma que ha impedido que entraran ingresos y que fue la causa por la que su marido vendiera La Cibeles para poder pagar las indemnizaciones de 103 empleados de La Paloma. “Lo único que nos ha dado el ayuntamiento son las dos farolas que cuelgan en la fachada. Nos la regalaron hace 20 años cuando nos catalogaron como establecimiento emblemático“, señala March. El histórico inmueble goza de la protección de la ciudad por tratarse de una joya patrimonial, ya que su inauguración se remonta a finales del siglo XIX. La Paloma está catalogada como bien de interés urbanístico, por lo que también se debe mantener de forma integral la decoración del interior, que data de 1919.

El fotógrafo francés Antoine Passerat, autor del libro ‘Tigre 27’, dedicado a La Paloma, comentó en la presentación de su obra que no entiende cómo un espacio que está protegido por la propia ciudad se mantenga cerrado tantos años. “Algo así en París con el Moulin Rouge sería impensable”.

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Mercè March y Antoine Passerat

 

 

Fuentes: PatrimonioIndustrial – LaBarcelonadeantes – ElTranvia48 – ElPeriódico

Imágenes: LaVanguardia

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